Quien pasa aunque sea solo unos días en República Dominicana casi siempre termina enamorándose de la hospitalidad dominicana: personas abiertas, cálidas, dispuestas a ayudar a un turista en apuros aunque sea solo con una sonrisa. Precisamente por eso, tarde o temprano durante la estadía, a muchos viajeros les sorprende un detalle que desentona con todo lo demás: esa misma cordialidad tan espontánea, cuando la conversación recae sobre los trabajadores o los vecinos haitianos, puede dar paso a un tono despectivo, a bromas o lugares comunes poco amables. No es una actitud de todos — al contrario, es un fenómeno en descenso, sobre todo entre las generaciones más jóvenes y en las ciudades — pero sigue siendo lo bastante difundido como para notarse, y como para generar más de una pregunta en quien lo observa desde fuera: ¿por qué, exactamente?
La respuesta breve es que esa actitud no nace de una antipatía espontánea entre dos pueblos vecinos, sino de una historia muy específica — en parte colonial, en parte construida deliberadamente en el siglo XX por un régimen dictatorial que la necesitaba para consolidar su propio poder. Para entenderla de verdad hay que partir de un detalle geográfico: Santo Domingo y Puerto Príncipe se reparten una única isla, La Española, y a pesar de siglos de cercanía forzada, dominicanos y haitianos han construido dos identidades nacionales que a menudo se miran con recelo mutuo. Para entender por qué — y por qué, al mismo tiempo, la economía dominicana no podría funcionar sin mano de obra haitiana — hay que remontarse más de tres siglos atrás.
Una isla, dos colonias
Cristóbal Colón desembarca en La Española en 1492 y funda allí la primera colonia española de las Américas, con capital en la ciudad de Santo Domingo (fundada en 1496-98 por Bartolomé Colón, hoy todavía capital de República Dominicana). Durante casi dos siglos la isla permanece bajo una única corona, pero la parte occidental, lejana y poco vigilada desde Madrid, es ocupada progresivamente por colonos y filibusteros franceses. En 1697 el Tratado de Ryswick formaliza el reparto: España cede oficialmente el tercio occidental de la isla a Francia, que funda allí la colonia de Saint-Domingue — no una ciudad, sino el nombre de toda la colonia, cuya capital sería primero Cap-Français (hasta 1770) y después Puerto Príncipe, hoy capital de Haití. A partir de ese momento la isla queda dividida en dos entidades coloniales distintas, separadas por una frontera interior que recorre en gran parte las cadenas montañosas y los cursos de agua del interior — una línea formalizada solo más tarde, en 1777, por el Tratado de Aranjuez, y que anticipa en su trazado, aunque todavía de forma imprecisa, la frontera actual entre los dos países.
De aquí nacen dos trayectorias económicas opuestas. Saint-Domingue se convierte, en el curso de un siglo, en la colonia más rica del mundo, basada en plantaciones de azúcar y café y en un sistema esclavista de enorme escala: en vísperas de la revolución, la población esclavizada de origen africano supera con creces a la población libre. Santo Domingo española, por el contrario, sigue siendo una economía pobre, pastoril, con una población mestiza libre proporcionalmente mucho más amplia. Esta asimetría — riqueza contra pobreza, plantación contra ganadería — es la primera raíz de una desconfianza mutua que los siglos siguientes profundizarían.
1804: nace Haití, la única revolución de esclavos victoriosa de la historia
Entre 1791 y 1804 la población esclavizada de Saint-Domingue, dirigida primero por Toussaint Louverture y después por Jean-Jacques Dessalines, protagoniza la única revolución de esclavos de la historia moderna que termina con la fundación de un estado independiente: Haití, proclamado el 1 de enero de 1804. Es un acontecimiento enorme para la época — la segunda república independiente de las Américas, la primera dirigida por antiguos esclavos — que las potencias coloniales de la época, Francia a la cabeza, no perdonan: Francia llegaría a imponer a Haití, en 1825, una deuda de independencia para "resarcir" a los antiguos propietarios de esclavos a cambio del reconocimiento diplomático, una carga financiera que condicionaría la economía haitiana durante más de un siglo.
1822-1844: cuando la isla fue una sola bajo Haití
Aquí es donde se encuentra la raíz histórica real de una idea que todavía circula hoy: que la isla es, por naturaleza o por derecho, "un solo país". El 9 de febrero de 1822 el presidente haitiano Jean-Pierre Boyer entra en Santo Domingo al frente de unos 12.000 soldados, encontrando poca resistencia por parte de los cerca de 70.000 habitantes dominicanos de la época. Paradójicamente, quienes lo habían invitado eran algunos notables fronterizos dominicanos enfrentados con sus propios rivales políticos; quien lo acogió con más favor fue sobre todo la población negra y mestiza, que esperaba — y obtuvo — la abolición de la esclavitud todavía vigente en la parte oriental de la isla.
La ocupación dura 22 años, hasta 1844, y reorganiza toda la isla en seis departamentos administrativos unificados. Las razones de Boyer no eran solo de poder: existía el temor concreto de una reconquista francesa o española que pudiera restablecer la esclavitud, y existía una ideología — heredada de Toussaint Louverture y Dessalines — según la cual la isla debía permanecer "una e indivisible" bajo un único gobierno capaz de defenderla.
Es importante ser precisos en este punto, porque es el núcleo del malentendido que todavía hoy alimenta tensiones: aquella unificación fue un episodio histórico de 22 años, no una reivindicación haitiana actual. El estado haitiano contemporáneo no reivindica oficialmente el territorio dominicano, y los historiadores que han estudiado la memoria de aquel período — entre ellos la historiadora Amelia Hintzen, de la Universidad de Miami — subrayan que la idea de una amenaza haitiana permanente sobre el territorio dominicano es sobre todo un relato construido en el siglo XX con fines de propaganda interna, más que un dato histórico o político actual.
La deuda con Francia y la caída del gobierno de Boyer
¿Qué impulsó entonces a los nacionalistas dominicanos a rebelarse precisamente en 1843-44? La respuesta hay que buscarla de nuevo en París. En 1825 Francia aceptó reconocer la independencia de Haití, pero a un precio enorme: una indemnización de 150 millones de francos oro, destinada a "resarcir" a los antiguos propietarios coloniales por la pérdida de tierras y esclavos — una cifra equivalente a varias veces la recaudación fiscal anual completa del joven estado haitiano, que Boyer aceptó con tal de evitar una nueva invasión francesa. Reducida a 90 millones en 1838, aquella suma seguía siendo insostenible: para pagarla, Haití tuvo que pedir préstamos a bancos franceses con tasas igualmente gravosas, en lo que varios historiadores han llamado una doble deuda.
Para encontrar los recursos necesarios, Boyer endureció la fiscalidad en todo el territorio unificado — incluyendo, por tanto, la parte oriental antes española — e impuso el llamado Código Rural, un sistema que ataba de hecho a los antiguos esclavos a la tierra y al trabajo en las plantaciones para relanzar las exportaciones agrícolas con las que pagar la deuda. El resultado fue que la libertad prometida con la abolición de la esclavitud no se tradujo, para gran parte de la población, en una mejora real de las condiciones de vida: restricciones al trabajo, impuestos más altos y ninguna inversión significativa en educación o servicios alimentaron un descontento generalizado, tanto en la parte occidental como en la oriental de la isla. En 1843 ese descontento desembocó en una revuelta armada en el sur de Haití, que el 11 de febrero de 1843 obligó a Boyer a exiliarse; el poder pasó a Charles Rivière-Hérard, pero el nuevo gobierno permaneció débil y dividido.
1844: la independencia dominicana y una frontera que seguirá disputada durante un siglo
Es en ese vacío de poder donde los nacionalistas dominicanos de la sociedad secreta La Trinitaria — Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez, Matías Ramón Mella — aprovechan la ocasión: el 27 de febrero de 1844 proclaman la independencia en Santo Domingo. Las tropas haitianas, debilitadas por la crisis recién atravesada y sorprendidas sin preparación, se retiran sin oponer una resistencia organizada. Así nace la República Dominicana.
La independencia, sin embargo, no trae ni paz inmediata ni una frontera definida. Durante gran parte del siglo XIX se suceden escaramuzas, incursiones y negociaciones fallidas; República Dominicana, temiendo un nuevo intento haitiano de reunificación, llega incluso a solicitar una breve reanexión a España (1861-1865, la llamada Guerra de Restauración) — un episodio que Haití, nunca más bajo dominio colonial desde 1804, no vivió, y que todavía hoy alimenta narrativas distintas sobre cuál de los dos pueblos "luchó más" por su propia soberanía. La frontera terrestre entre los dos países queda indefinida hasta el siglo XX: un primer tratado la fija solo en 1929, perfeccionado por dos acuerdos posteriores, el 27 de febrero de 1935 y el 9 de marzo de 1936.
1937: la Masacre del Perejil
Es apenas unos meses después de ese último acuerdo fronterizo, en apariencia definitivo, cuando ocurre el episodio más oscuro de esta historia. En octubre de 1937 el dictador Rafael Trujillo — en el poder desde 1930 — ordena la matanza sistemática de civiles haitianos en las zonas fronterizas. Los soldados dominicanos reconocían a los haitianos pidiéndoles que pronunciaran la palabra española "perejil": quien no lograba pronunciar correctamente la "erre" a la española, delatando un origen haitiano criollófono, era asesinado. Las estimaciones de víctimas varían ampliamente según la fuente — desde algunos miles hasta 20.000-35.000 según las estimaciones más altas — pero el número exacto sigue siendo objeto de debate historiográfico todavía hoy.
El hecho de que la masacre ocurriera apenas después de la definición diplomática de la frontera es significativo: demuestra que la violencia no tenía que ver realmente con una disputa territorial, sino con un proyecto político deliberado — lo que los historiadores llaman "dominicanización de la frontera" — para construir una identidad nacional dominicana definida en oposición a Haití.
Cómo el antihaitianismo se convierte en ideología de Estado
Trujillo, y después de él su antiguo colaborador Joaquín Balaguer (presidente en varias ocasiones hasta los años 90), construyen a través de la escuela, la historiografía oficial y la propaganda de estado una narrativa de la identidad dominicana como "hispánica, católica y blanca", en contraposición a un Haití retratado como "africano y vudú" — pese a que la propia población dominicana es, en su gran mayoría, de ascendencia afrodescendiente. Balaguer codifica esta visión en el libro La isla al revés (1983) y, en 1996, la utiliza en campaña electoral contra el candidato José Francisco Peña Gómez, insinuando presuntos orígenes haitianos para desacreditarlo.
Los historiadores que han estudiado este fenómeno — llamado "antihaitianismo" — coinciden en describirlo no como un conflicto étnico espontáneo entre dos pueblos, sino como una construcción política del siglo XX, funcional a un proyecto de poder concreto. Esto no significa que la discriminación no sea real en la vida cotidiana: organizaciones como Human Rights Watch y la Corte Interamericana de Derechos Humanos documentan desde hace décadas episodios concretos de discriminación contra haitianos y dominicanos de origen haitiano — un fenómeno social lejos de ser unánime o incontestado, ya que en República Dominicana no faltan voces, periodistas y activistas (dominicanos incluidos) que lo denuncian abiertamente.
Hoy: una economía que depende de quienes desconfían
La paradoja más visible de la relación dominico-haitiana se observa precisamente en la economía. Cerca de 200.000-250.000 personas de origen haitiano viven en los cerca de 500 bateyes — los asentamientos surgidos en torno a las plantaciones de caña de azúcar — y trabajadores haitianos están presentes de forma masiva también en la construcción, la agricultura y el turismo: las estimaciones globales de migrantes haitianos en el país llegan hasta 500.000-700.000 personas. Como observan los antropólogos que estudian estos asentamientos, "sin ellos la economía dominicana tendría grandes problemas" — una paradoja que llega al punto de que incluso los puestos de control construidos a lo largo de la frontera para contener la migración fueron levantados, en parte, por albañiles haitianos.
En resumen
- 1697: el Tratado de Ryswick divide la isla entre una colonia española (este) y una francesa, Saint-Domingue (oeste).
- 1804: nace Haití, la única revolución de esclavos de la historia en fundar un estado independiente.
- 1822-1844: Haití unifica toda la isla bajo el gobierno de Jean-Pierre Boyer, 22 años de ocupación.
- 1844: nace República Dominicana, pero la frontera sigue disputada hasta el siglo XX.
- 1937: la Masacre del Perejil, ordenada por Trujillo, miles de víctimas civiles haitianas.
- Hoy: la economía dominicana depende en gran parte de mano de obra haitiana, entre tensiones políticas recurrentes.
Las tensiones políticas siguen siendo, de todos modos, frecuentes. En 2013 el Tribunal Constitucional dominicano, con la sentencia conocida como TC 168-13, revocó retroactivamente la nacionalidad a decenas de miles de personas nacidas en República Dominicana de padres haitianos indocumentados, remontándose hasta 1929 — una medida calificada de discriminatoria por Human Rights Watch y por la Corte Interamericana, y solo parcialmente corregida por una ley posterior. En 2021-2022 el gobierno del presidente Luis Abinader inició la construcción de un muro fronterizo de unos 160 kilómetros; en 2023 una disputa por la construcción haitiana de un canal de riego en el río Masacre provocó el cierre total de la frontera; y desde 2024 han continuado oleadas de deportaciones masivas, mientras Haití afronta una crisis de seguridad ligada al control del territorio por parte de grupos armados.
Dos pueblos, una isla
La historia de estos tres siglos cuenta algo más complejo que un conflicto étnico "natural". Cuenta una asimetría colonial de partida, una ocupación de 22 años cuya memoria fue después transformada en mito por una dictadura para construir un enemigo interno, y una relación económica de dependencia mutua que convive, todavía hoy, con desconfianza y discriminaciones reales — pero no unánimes ni incontestadas. Comprender estas raíces históricas no sirve para tomar partido por un lado o el otro: sirve para leer con más conciencia un fragmento de historia caribeña que sigue escribiéndose, cada día, en una única isla compartida por dos pueblos.
Preguntas frecuentes
¿Por qué República Dominicana y Haití comparten la misma isla?
Porque la isla de La Española fue colonizada inicialmente solo por España, pero desde el siglo XVII colonos franceses se asentaron en la parte occidental; el Tratado de Ryswick de 1697 formalizó la división entre una colonia española al este (la futura República Dominicana) y una francesa, Saint-Domingue, al oeste (la futura Haití).
¿Es verdad que Haití gobernó toda la isla en el pasado?
Sí. De 1822 a 1844 toda La Española estuvo unificada bajo el gobierno haitiano del presidente Jean-Pierre Boyer, un período de 22 años que terminó con la independencia dominicana del 27 de febrero de 1844.
¿Qué fue la Masacre del Perejil?
Fue la matanza de civiles haitianos ordenada por el dictador Rafael Trujillo en octubre de 1937 a lo largo de la frontera dominico-haitiana, en la que las víctimas — estimadas entre algunos miles y decenas de miles según la fuente — eran identificadas pidiéndoles que pronunciaran la palabra española "perejil".
¿Reivindica Haití hoy el territorio dominicano?
No. El estado haitiano contemporáneo no tiene una reivindicación territorial oficial sobre República Dominicana; la idea de una amenaza haitiana permanente es, según los historiadores, sobre todo una herencia de la propaganda del régimen de Trujillo del siglo XX.
¿Por qué hay tantos trabajadores haitianos en República Dominicana pese a las tensiones?
Porque la economía dominicana — en particular los sectores de la caña de azúcar, la construcción y la agricultura — depende en gran parte de mano de obra haitiana, a menudo de bajo costo y en condiciones laborales precarias, una relación de dependencia económica que convive con políticas migratorias restrictivas y con episodios de discriminación social.
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